jueves, 23 de octubre de 2008

El grito

Rodaba pequeña, dejando como un caracol su huella de baba en la cara. Se deslizaba sobre la mejilla, luego el mentón y finalmente se descolgaba para caer, también silenciosa.
El era un hombre solo, un hombre despojado de toda posibilidad de amar. Nada tenía, ni siquiera las ganas de morir. Su silueta comenzaba a marchitar la luz y su sombra ya no manchaba las paredes.
Nadie sabe cómo ni cuándo, pero él había perdido la capacidad de hablar, y no sólo de hablar sino también de emitir cualquier sonido a través de su boca.
Pasaba los días ensimismado, observando la oscuridad. Cada día, sin fallar ni el más frío ni el más caluroso, él se sentaba en el suelo, tomaba su trozo de hilo, el mismo de siempre, y comenzaba a llorar, inundando la pequeña habitación del silencio más puntiagudo, de gotas de agua también mudas. Así pasaba horas mientras en su cara se veía la desesperación del silencio, la impotencia del grito que nunca salía. Día tras día y silencio tras silencio, aquel grito nunca nacía.
A través de los años en su cara comenzaron a aparecer los surcos de la mudez, las honduras en la piel producto de la presión hecha en los músculos para lanzar aunque sólo fuera un gemido, un pequeño alivio por donde escaparan los años de dolor. La soledad comenzó a gritarle al oído, la vejez a cantar su canción y la vida a mirarlo de lejos, distante para no ver de cerca al hombre que no habla, que no puede decirle a nadie lo que tiene en su corazón, que no puede de una vez por todas gritar el dolor que desde hace años tiene en el alma.
Así caminó solo hasta el último día, cuando ya cansado se sentó en el suelo, sobre una calle de antiguos adoquines con la espalda apoyada en la pared. Su cara magra, sus manos tristes, su cuerpo ya ido. Sintió por primera vez que ya no era posible otra oportunidad. Sintió que el dolor que tenía dentro y que nunca había podido sacar era tanto, que finalmente lo estaba matando. Se dio por vencido, cerró los ojos y pensó morir es ese instante. Pensó que por lo menos su vida podría salir rápido y dejarlo. Sintió de pronto un miedo incontenible al pensar que su vida podía quedar atrapada igual que su dolor y no salir nunca, no terminar jamás. Pero sentía que moría, sentía que por fin algo salía de él, vaciando la angustia guardada por tantos años. Comenzó a sentir que perdía fuerza, la poca que le quedaba, y entonces rompió a llorar, a llorar en silencio casi con un poco de felicidad por sentir finalmente que comenzaba a vaciar su alma, a vaciar su vida, a morir. Siguió llorando hasta que recordó el momento en que perdió la voz. Buscó rápidamente en el bolsillo de su viejo pantalón y tomó aquel trozo de hilo, el de siempre, y entonces comenzó a llorar con estertores, comenzó realmente a llorar y sus lágrimas comenzaron a caer lánguidas, perdidas, hasta que de pronto sintió un dolor agudo en su ojo y entonces cayó una lágrima, una lágrima de cristal brillando hasta el suelo. Cayó despacio como una hoja de otoño y al tocar el suelo se escuchó el tintineo del cristal rompiéndose en mil pedazos. Un niño que pasaba en ese momento escuchó el frágil sonido. Se acercó, miró al hombre y le preguntó:
- ¿Por qué lloras? - y el hombre recogió los pedazos de cristal, los colocó en la mano del niño y sonriendo, cerró los ojos esperando el final.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Nadie ríe con tu pena

Se pintó un lunar en la mejilla, se puso los zapatos rojos y salió taconeando a la lluvia. Inmediatamente el maquillaje recargado de su cara comenzó a caer, y la tristeza de sus ojos se manchó de diferentes tonos, menos del verde esperanza.
Años atrás, cuando aún vivía su hijo, hacía su trabajo como nadie en el mundo. El cariño y el amor eran su más importante patrimonio, y su risa -que era la mejor de las mejores- sin duda reflejaba la pureza de su alma. Hasta que un día, un día como hoy, todo ocurrió y se tuvo que marchar.
Comenzó a dormir en callejones y a soñar con sus murallas. A comer de la basura y a vestirse de tristeza. Pedía dinero sin siquiera esbozar un pequeño chispazo, una ínfima pisca de aquella mágica sonrisa que le diera la fuerza para salir a triunfar. En un par de meses perdió la vergüenza y se vendió en la calle.
Deambulaba perdiéndose entre la multitud y parando en las esquinas que ofrecieran las mejores condiciones para el trabajo. Pasaba horas soportando el frío, inventando el calor. No había un día en que no escuchara las risas que finalmente se convertían en cientos de insultos, que no entendían su miseria, la historia cruel que un día convirtiera uno de los actos más puros del cuerpo, en la podredumbre forzada, irresistible, falsa y absurda de un alma triste que está sentenciada a fingir y entregarse a otros por un poco de dinero.
Su alma estaba obsesionada con los niños, quizá por todo lo que ocurrió. No le importaba que pasaran adultos, que generalmente llevaban más dinero. En cuanto pasaba un niño por delante, trataba de envolverlo, de cercarlo, de atraparlo en su juego. Pero no lograba nada, ni siquiera una pequeña sonrisa.
Aquella tarde se encontraba observando la vitrina de una pequeña tienda de mascotas. Comenzó a recordar, mientras su enfoque iba disminuyendo, hasta que mirando su propio reflejo en el vidrio, recordó que él mismo, años atrás, le había regalado un pequeño perro a su hijo. De pronto, ese perdido recuerdo le inundó el corazón y pensó que quizás, sólo quizás, aún no era demasiado tarde.
Tomó su peluca roja, se maquilló los ojos y la boca -tan grande como pudo- sin olvidar el lunar en su mejilla. Se colocó el traje amarillo con cuello pomposo color violeta, con círculos blancos y mangas terminadas en flor. Calzó sus zapatos rojos, los guantes blancos y cuando pasaban unos niños, se colocó su plástica, redonda y roja nariz, y bajo la lluvia -con la mejor de sus rutinas- salió a buscar una vez más, la sonrisa que nunca llegó.

viernes, 10 de octubre de 2008

Redes y espuma

Ella pasó toda su vida a la orilla del mar. Vivió con él, aprendió de él y se alimentó de él. Jamás pensó que el mar pudiera dormir en otra cama que no fuera de agua.
Vivía también con su padre, que le enseñó todo lo que un viejo y alcohólico pescador podía saber de la vida: pescar, remar, tejer redes y azotar a una pequeña niña, hasta ver en sus ojos el llanto que años atrás matara a su madre. Así fue muriendo la pequeña perla de mar, juguetona y curiosa; brillante y delicada, hasta convertirse en una barracuda negra, de agallas suntuosas y ojos protuberantes, con escamas gruesas y bigotes de sensor. Aún así y con sólo trece años, tenía un hombre, que por supuesto jamás presentó a su padre.
A ella, el mar le había dado todo lo que tenía y le había quitado todo lo que había perdido. Él ofrecía y tomaba, como un viejo dios con mil cabezas de pelos canos y espumosos, que iban y venían como el dedo índice, que llama al más sumiso de los peones sabiendo que en el momento en que se arrodille a sus pies, lo golpeará con sus manos llenas de vida.
Cuando ella necesitaba algo, simplemente lo obtenía del mar, y si algo no le servía, siguiendo su lógica, lo devolvía a éste. Por lo tanto no tuvo que pensar mucho, cuando pasados nueve meses de su inesperado embarazo, tomó un bote y remando hasta encontrarse oculta mar adentro, parió un pequeño varón. Lo tomó en sus manos y tal como hiciera con todo lo que no le sirviera, lo arrojó al mar y volvió remando hacia la playa.
El pequeño se hundía lentamente en el agua. Encontraba tan natural el ambiente, que ni siquiera se asustó. Quizá fue esa inocencia la que rompió el sello y separó finalmente el sórdido mundo de tierra del espacio cristalino y húmedo, transformando este lugar, libre de suciedad como el mismo útero, en un mundo de reglas propias donde aquel pequeño hombrecillo comenzó tímidamente a respirar.
Fue adoptado por el mar, aprendió a convertirse en espuma y a disfrazarse de nube. Pero una de las cosas que más le gustaba, era conversar con la estrella de mar acerca de las diferencias que existían entre este vanidoso molusco y su primo el astro.
Así, el niño aprendió de la gran experiencia del mar y la gran visión del cielo. Convirtiéndose en vapor subía a conversar con las nubes, y luego se condensaba para volver al mar.
Su verdadera madre aún vivía. Era un mujer triste y sola. Su alma estaba amarga. Ya nada quería verse en sus ojos.
Un día el pequeño iba disfrazado de nube, estaba muy cerca de la orilla y a baja altura. Mirando hacia abajo de pronto vio a una mujer que miraba perdidamente el horizonte. Se veía triste. El pensó que quizá podría regalarle un poco de su alma llena de vida, y soltó unas gotas de agua. Cayeron suavemente hasta la cara de la triste mujer y resbalando por sus mejillas se confundieron con sus lágrimas. Ella miró hacia el cielo, tomó un gran respiro, y con la mirada llena de ternura, la mirada que hace años perdiera, recordó a un pequeño niño y esbozó entre sus labios húmedos una pequeña sonrisa....

lunes, 19 de mayo de 2008

Dos buenas razones

Todo empezó la tarde que quise probarme esos anteojos que encontré tan bien escondidos en el fondo del baúl de mi abuelo, que ya había muerto.
Hasta ese momento mi vida me había parecido un poco plana. Entonces, me invadió una impresionante visión de redondez alrededor de la cual comencé a gravitar.
Aquellos anteojos eran maravillosos. Y no es que fueran hermosos. No. Eran simplemente maravillosos. Tan feos que me hacían pasar desapercibido; Requisito fundamental para realizar mi arte.
Comencé el estudio del fenómeno a los once años. Al poco tiempo surgió una pregunta que haría aún más interesante mis afanes: "¿Si el aumento del lente de mis anteojos es mayor, los objetos de mi estudio se verán más grandes? Y entonces aprendí que cuando uno tiene algo en la vida, siempre quiere más. No me bastaba con verlas. No. Quería verlas más grandes. Y luego de hacer la prueba lo comprobé. Así aprendí que en la vida lo bueno hay que tomarlo con medida.
Lo más extraño es que después de un tiempo comencé a imaginármelas en todos lados, y como este es un país de montañas y ésta una ciudad rodeada de cerros, mis ojos me traicionaron al ver en esas montañas y en esos cerros cientos de inmensos senos redondos y protuberantes con nieve virgen que a mis once años era la nieve más blanca que jamás había visto o pretendía ver. Y entonces traté de no crecer, para que mis ojos no superaran la altura de mis admiraciones. Y traté de no comer para no estar nunca satisfecho. Y traté de no dormir para no perderme del espectáculo maravilloso de tan inimaginable forma de atracción. Y es que no había manera de que no apuntaran hacia mí. Es cierto que algunas eran más amenazantes que otras y que incluso algunas se preparaban en un salto mortal para caer en las manos de algún afortunado e intrépido investigador. Pero eso yo no lo sabía, esperaba saberlo pronto, pero definitivamente no lo sabía.
Aquellos anteojos habían cambiado mi vida. Incluso mi profesora parándose enfrente, me decía que me veía más estudioso y que le gustaba conversar conmigo porque siempre sonreía y eso era algo bueno. Y como no iba a sonreír si la señora tenía los senos aplastados por unos me imagino horribles corpiños y digo corpiños porque deben haber sido antiquísimos y entonces yo me imaginaba la cara del director con la nariz pegada al vidrio o un pequinés con la nariz chata. Juro que yo trataba de sacarme los anteojos para no reírme pero ella insistía en que me los dejara puestos. Y claro, después de un tiempo comenzó a pensar que yo era un poco tonto porque me reía todo el día, pero y qué, no le podía decir que se cambiara los corpiños.
Por suerte yo era un niño con experiencia. Ya me habían echado de un colegio por haberme robado el libro de clases. Mi error fue robármelo con otros compañeros, y es que cuando uno hace cosas malas tiene que hacerlas solo, sino, siempre te van a pillar. Por eso nunca le conté a nadie de mis anteojos, no era por egoísta porque ya me había dado cuenta que había para todos. Era para resguardar mi credibilidad y ángel.
Hasta que un día, todavía cuando tenía once años, vi pasar un niña preciosa. Tenía el pelo de un color rojizo y amarillo. También usaba anteojos y tras ellos sus ojos azules y en los que vi una mirada que me hizo temblar. Yo tenía mis anteojos puestos y por primera vez en todo ese tiempo me sentí incómodo, no debía verla así, no tenía derecho. Me dio tanta vergüenza que me los saqué y la observé impávido mientras se acercaba. Yo no podía hacer otra cosa que mirar sus ojos. Hacía mucho tiempo que no miraba a los ojos a una persona. De pronto ella se acercó directo hacia mí. Yo me encontraba parado y ella me miraba y sonreía, pero sonreía tanto que de pronto yo pensé que quizá su abuelo había conocido a mi abuelo y que entonces los anteojos que ella tenía puestos eran iguales a los míos y que ella me estaba viendo, y se reía de mí. Ella siguió sonriendo hasta que yo me di vuelta y salí corriendo.
Nunca más la volví a ver, y en ese instante terminaron mis inclinaciones científicas. Gracias a ella entendí por qué los anteojos de mi abuelo estaban tan bien guardados en su baúl y porqué es tan difícil mirar a la gente a los ojos, sin pensar en lo que esconderán.

lunes, 12 de mayo de 2008

Robo de Identidad

Hace pocos días apareció una noticia que daba cuenta de un robo de información personal y de identidad a través de internet de muchas personas en Chile. Al parecer mi nombre aparece en esta lista publicada por un Hacker junto a otras identidades robadas desde diferentes sitios en la red. Si alguien encuentra la mia, se ruega devolver a.... ehhhh, mmmmmm.

Te conozco desde muerta

Juró que a las doce de la noche bailaría desnuda a la luz de la luna. Debía ser verdad, porque a las once con cincuenta y cinco minutos comenzó a quitarse la ropa, partiendo por los zapatos.
Era una hermosa fiesta y ella estaba más hermosa que nunca. Sonrió un poco y me miró esperando que yo me perdiera en sus ojos.
Sus guantes blancos cayeron al suelo. Lentamente se acercó, pausadamente, casi sin respirar. Su vestido perdió cada uno de los botones de perla y cayó como la seda. Las manos atrás de la espalda hacían más perfecto su busto. Parecía que aquél instante nunca iba a terminar. Seguía mirándome, mojando sus labios, avergonzándome y lanzando una advertencia que sólo yo podía percibir, que sólo yo podía devolver. Finalmente estaba cerca, me tomó del brazo y apretó con fuerza, aunque sólo con cara de fuerza. Con la otra mano me tomó la cabeza y con rabia, me besó. Sentí que el corazón me salía por la boca. Unos segundos más tarde repitió al oído esas extrañas palabras, se desprendió de mí y desapareció caminando entre la gente.
Durante un par de segundos me quedé inmóvil, la gente me miraba. De pronto se doblaron mis rodillas y caí al suelo. Un líquido espeso comenzó a brotar de mi boca, mientras el pelo se tornaba de invierno. Mis ojos dejaron de percibir colores y no pude ver de dónde salía la sangre que comenzaba a esparcirse por el suelo. Supuse que era mía porque sentía un dolor agudo, tan agudo como aquél beso.

Era un día como cualquier otro, el sol estaba en lo alto y yo estaba seguro que la amaba. Nunca pude entender el temblor que me producían sus labios. Mis amigos decían que tenía suerte de sentir algo, pero de todas maneras me asustaba.
No conocí a sus padres y nunca quiso hablar de ellos. No conocí su casa ni al resto de su familia. No tenía amigas, ni trabajo, ni escuela, sólo me tenía a mí.
Sus ojos eran hermosos y grandes, tan grandes como para perderme en ellos. Y sus manos, que jamás tomaron calor, eran las más tersas que yo había sostenido. Su belleza no podía ser de este mundo, y muchas veces lo creí así.
Todos me decían que era la mejor mujer que jamás había tenido, y mis amigos decían que jamás tendría otra igual, así que, o me casaba, o pasaría el resto de mi vida solo. Eso me asustó más que ella y le propuse que nos casáramos. Ella aceptó y dijo unas palabras que jamás comprendí. Cuando les conté sobre esas palabras a mis amigos, les dije: "No importa, total nunca entiendo lo que las mujeres quieren decir". Todos nos reímos.
Un día hablábamos sobre nuestro matrimonio, yo le pregunté por los curas, me miró callada por unos segundos y sonriendo se mordió el labio hasta que se hizo una herida. Pero no sangró. Se quitó la ropa a tirones y se lanzó sobre mi para hacerme el amor. No estaba en posición de quejarme y sólo lo tomé como una extravagancia.
El día de nuestro matrimonio me juró que bailaría desnuda a las doce de la noche bajo la luz de la luna, que me llevaría con ella para siempre, que me lo había ganado y que yo era suyo. Eso me pareció excitante. La fiesta era maravillosa y ella se veía espectacular.
La miré desde el otro lado del salón y entonces ella me miró. Vi el brillo en sus ojos y me di cuenta que la amaba más que nunca. Miré mi reloj y marcaba cinco para las doce. La volví a mirar, mientras comenzaba a quitarse los zapatos...

martes, 6 de mayo de 2008

Mi bien... amada

Mi amor es válido, porque te amo igual que a mi dinero y eso es mucho. Es mucho dinero y es mucho amarte.
No te perdería, eres muy preciada para mí. Amo tus ojos verdes, verdes como el color del dinero. Cada vez que te veo siento el tintinear de las monedas al chocar unas con otras.
Es que realmente te amo, tanto como a mis autos y mis casas. El brillo de tus ojos que me recuerda los diamantes, tu sonrisa la plata, tu pelo el petróleo.
Si el Cielo estuviera en venta lo compraría para ti y luego lo venderíamos más caro y entonces te compraría todo el Universo y me sobraría dinero.
Y cuando no estás te extraño. Me siento perdido sin ti. Es como cuando no tengo dinero en mis bolsillos, siento el vacío, el desamparo, el fracaso.
Desde que te conocí, los amaneceres son increíbles y también los atardeceres. El color del cielo, rojo, amarillo, el sol redondo, imponente, más grande; ahhh... si yo fuera dueño del sol.
Me encantan las noches, porque puedo regalarte mil estrellas. Puedo escoger las mejores, las más grandes y luminosas. Me encanta regalarte las estrellas y me encanta que no me cuesten dinero.
Recuerdo los momentos en que te hablo al oído y te digo un secreto y tu también me dices uno y entonces es nuestro y nadie más lo sabrá nunca, nunca jamás, como el número de mi caja fuerte.
Eres mi tesoro más preciado. Cada vez que me miras me haces subir al cielo como si fuera el precio de las acciones, y cuando no te veo, decaigo como el dólar en los malos tiempos.
Tú le das valor a mi vida. Me haces ser más fino, con mejores terminaciones. Me adornas con tu sola presencia y me das un valor agregado. Como una obra de arte que sin firma no vale nada.
Vivir a tu lado sería el contrato más grande de mi vida. Me daría por completo a ti. Jamás te mentiría. Sabrías todo. No habría momento en que no fueras la persona por la que vivo y trabajo. La persona que conoce todos mis secretos, la que me cuenta todo. Serías mi compañera. Lo tuyo sería mío y lo mío tuyo. Compartiríamos nuestros intereses, nuestros sueños, sueldos y metas. Igual que un socio. Para llevar nuestra vida juntos, como una empresa rentable con grandes dividendos, con dos beneficiarios: tú y yo.
Amor no me dejes nunca. Sería mi ruina, la quiebra. Mi amor es válido, es de más de siete cifras. Es tanto que hasta a mí me cuesta imaginarlo.
Finalmente y hecho el balance, me he podido dar cuenta que no podría vivir sin ti. Eres la única mujer que he amado en mi vida. Eres la única que ha tenido algún valor para mí.